Hubo un tiempo en que resultaba importante –o eso parecía– saber si el
arte era o no identificable con un lugar en particular. Se bregaba por
una literatura argentina –en aras de la cual se anatemizaba a Borges
como extranjerizante–, por un cine argentino y, por supuesto, una música
argentina. Ni los holandeses ni los italianos ni los canadienses se
sentían obligados a inventar ninguna cosa en particular cuando hacían
jazz, por ejemplo. Pero aquí era diferente. En parte porque los países
centrales siempre habían tenido una libertad mayor para ser
internacionalistas –es decir, para apropiarse de lo producido en
cualquier parte– y, también, porque una parte cada vez más hegemónica de
la izquierda argentina (que, curiosamente, influyó a toda la sociedad)
fue, por primera vez, nacionalista.
Hubo un tiempo en que existió algo que era llamado fusión. Los músicos
solían enojarse con el término y asegurar que no había música que no
fuera de fusión. Pero todos sabían lo que se quería decir: ritmos del
folklore y armonías y solos del jazz o el jazz-rock. Los Beatles primero
(y casi al mismo tiempo John Coltrane, desde el lado del jazz), como
antes Debussy, habían introducido en Occidente fragmentos del mundo
oriental, trabajado con timbres, escalas o modelos rítmicos de la música
india. Miles Davis, a fines de la década del ‘60, había incorporado a
un guitarrista inglés llamado John McLaughlin que después formaría la
Mahavishnu Orchestra y el grupo Shakti y, en el álbum Bitches Brew,
incluía sitar e instrumentos de percusión como las tablas.
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- FISCHERMAN, Diego: “Antigüedad más moderna que nunca. Varios proyectos coinciden en la búsqueda de un sonido local”, en Página 12 (29-11-2003).
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