Encuentro 4: Antigüedad más moderna que nunca, de Diego Fischerman

Hubo un tiempo en que resultaba importante –o eso parecía– saber si el arte era o no identificable con un lugar en particular. Se bregaba por una literatura argentina –en aras de la cual se anatemizaba a Borges como extranjerizante–, por un cine argentino y, por supuesto, una música argentina. Ni los holandeses ni los italianos ni los canadienses se sentían obligados a inventar ninguna cosa en particular cuando hacían jazz, por ejemplo. Pero aquí era diferente. En parte porque los países centrales siempre habían tenido una libertad mayor para ser internacionalistas –es decir, para apropiarse de lo producido en cualquier parte– y, también, porque una parte cada vez más hegemónica de la izquierda argentina (que, curiosamente, influyó a toda la sociedad) fue, por primera vez, nacionalista.
Hubo un tiempo en que existió algo que era llamado fusión. Los músicos solían enojarse con el término y asegurar que no había música que no fuera de fusión. Pero todos sabían lo que se quería decir: ritmos del folklore y armonías y solos del jazz o el jazz-rock. Los Beatles primero (y casi al mismo tiempo John Coltrane, desde el lado del jazz), como antes Debussy, habían introducido en Occidente fragmentos del mundo oriental, trabajado con timbres, escalas o modelos rítmicos de la música india. Miles Davis, a fines de la década del ‘60, había incorporado a un guitarrista inglés llamado John McLaughlin que después formaría la Mahavishnu Orchestra y el grupo Shakti y, en el álbum Bitches Brew, incluía sitar e instrumentos de percusión como las tablas.

Leer completo AQUI

- FISCHERMAN, Diego: “Antigüedad más moderna que nunca. Varios proyectos coinciden en la búsqueda de un sonido local”, en Página 12 (29-11-2003). 

No hay comentarios:

Publicar un comentario